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Ene
04

La escoria disidente

Ciento veinte parecen haber sido los perros y cinco los días que llevaban sin comer. Acaba de hacerse pública la forma en que presuntamente el joven militar Kim Jong Un ha acabado con cualquier atisbo de disidencia norcoreana presente y futura. A juzgar por la brutalidad de los posibles hechos, de los que informaba hace unas horas Europa Press, no me extrañaría en absoluto que en Corea del Norte nadie se atreviese a levantar la mirada durante décadas y mucho menos a alzar la voz.

Sin piedad, ni siquiera por tratarse de su tío político.  Jang Song Thaek fue ejecutado el pasado 12 de diciembre, según se ha encargado de informar un diario oficialista chino con sede en Hong Kong, ‘Wen Wei Po’, por “traidor a la patria”, por “escoria disidente” devorado junto a sus ayudantes por una jauría.

Y es que, ya se sabe, en política no caben medias tintas, o se está o no se está. Y en este caso como no se estaba, pues más valía muerto que vivo.

A modo de aviso para navegantes, el líder con aspecto “púber” del Partido de los Trabajadores, parece haber perpetrado una de las más crueles fechorías de la política, si puede llamarse así, contemporánea. En nombre de la “lealtad” e insisto, a modo de aviso a navegantes, trescientas personas fueron congregadas para presenciar el castigo, la purga de su tío. Sólo ha faltado que encima hubiera sido televisado en directo, para mayor pánico nacional y gloria del “camarada”.

Mientras el incipiente gobernante (llegó al poder hace dos años) acapara la atención mundial expectante por confirmar semejante barbaridad, se hace muy difícil para muchos seguir hablando de derechos humanos, creer en las grandes alianzas por la paz mundial, fomentar el respeto hacia la diversidad, seguir peleando por la democracia o impulsar valores como la tolerancia.

Lo malo no es preguntarse qué mundo estamos construyendo, qué políticos aupamos para que nos gobiernen ni qué intereses manejan los hilos de nuestras vidas, es mucho peor ser consciente de que ésta es la historia de la humanidad. Que volvemos a tropezar una y otra vez con la misma piedra y que cuando conseguimos organizarnos en torno a objetivos comunes, valores altruistas, conquistas sociales, bienestar colectivo, en forma de partidos políticos, sindicatos, organizaciones, instituciones… en demasiadas ocasiones terminamos dejando aquello que dio sentido al hecho de organizarse en un segundo o tercer plano para dar paso al ego, a la ambición y a los intereses personales de sus líderes.

Prácticas como ésta o como tantas otras conocidas  lamentablemente son más comunes de lo que creemos y la monstruosidad viene a ser directamente proporcional a la capacidad de influencia o el poder que tenga el dirigente en cuestión. Los sistemas o estructuras aquejados de este mal terminan convirtiéndose en algo endogámico, cayendo en un círculo vicioso, creando una especie de anticuerpos que escupen todo aquello que no sea reconocido, todo elemento extraño que, paradójicamente podría funcionar como elemento trasformador o de conexión con el mundo exterior.

Y donde hay verdugo, hay víctima, sobre todo porque “personificar” culpas, apuntar con el dedo o lo que comúnmente conocemos como “señalar la cabeza de turco” facilita mover a la masa. Las víctimas de las tropelías, en muchos casos tienen cara, nombre y apellidos y han conseguido pasar a la historia como Leon Trotski. En otros casos, han quedado lapidados por el anonimato de la historia.

Parecería mentira que, casi setenta años después de su publicación, la genial sátira de George Orwell “Rebelión en la Granja”, encontrase una más que fiel réplica en el norte de Corea, con jauría de perros incluida y Partido Laboralista por medio. De la misma manera que parece también mentira que en muchos rincones de esta sociedad tengamos qu­­­­­­e seguir topándonos de bruces con gerifaltes como el cerdo “Napoleón”. Napoleones que en un politburó cualquiera y con una sola mirada de desaprobación hacia alguien de su misma especie, en versión disidente y llamado por ejemplo “Snowball”, son capaces de levantar a una granja entera que sólo se declara en estado de rebeldía gracias a ese insoportable comportamiento seguidista e irracional capaz hasta de matar. Sí, a su propio tío si es necesario. Es así como el ser humano se acerca a la animalidad y las organizaciones se convierten en granjas.

APL

4 de diciembre de 2014

 

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